¿Podemos perdonar tanta miseria, angustia, dolor y desolación?... Mi abuela no dudaría en decirme que es nuestro deber como cristianos. “¡Qué no se te olvide que la Cuaresma es tiempo de conversión y de perdón!”. Sin embargo, a muchos el corazón nos susurra en cada latido al recordar los recientes momentos de angustia en medio de la oscuridad, la anarquía de los saqueos, la violencia y la represión, que la tarea no será fácil.
Venezuela se nos ha convertido en una tierra de desafíos, de retos para sobrevivir o, como nos gusta decir a muchos, para vivir como guerreros y luchadores que ondearán la bandera de la victoria y la paz; pero en esta lucha, ¿qué estamos sacrificando?, ¿qué está renaciendo en nosotros?, ¿cómo seguir caminando con tanto peso encima?, ¿cómo perdonar tanto mal y tanto dolor? Estas preguntas fueron un eco durante las más de 100 horas que duró el apagón, cuando familiares y vecinos oramos, lloramos, nos desesperamos, nos llenamos de impotencia e indignación, pero también recobramos la esperanza y la fe; y son también las que “me comprometen” a compartir algunos pasos que pudiéramos dar como venezolanos, para acercarnos cada vez más a lo que este tiempo de Cuaresma nos invita; sin embargo. Debo admitir que probablemente estos pasos no sean como los 20 de Bucay, pero son la voz y la reflexión de mujeres, hombres y niños en medio de los recientes momentos de desolación que vivimos sin luz, sin agua, muchos sin gas, sin comida, sin justicia.
Paso 1: Reconocer nuestra cruz como venezolanos
Nuevamente vienen a mi memoria las sabias palabras del padre Antonio: “En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús, por lo que también necesitamos aprender a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección”. Significa esto entonces, precisar (tal vez hasta con papel y lápiz) cuáles son nuestras cruces… ¿las medicinas que no consigo o que me quieren vender y no tengo para pagar?, ¿el pollo, la carne y el queso que están desapareciendo de nuestros almuerzos?, ¿los hijos, hermanos, sobrinos, primos que no recibieron el año nuevo con nosotros porque están dispersos en el mundo?, ¿la ceguera de los poderes públicos ante tanta anarquía e injusticia? Démonos la oportunidad de ponerle nombre a nuestra cruz ¡o a nuestras cruces! Reconocerlas es un primer avance.
Paso 2: Reconocer y aceptar los sentimientos y emociones que nos genera nuestra cruz
¿Fácil este paso? ¡NO!, pero necesario. No podemos quedarnos en el sólo “nombrar” nuestra realidad angustiante, nuestras pérdidas, nuestro dolor; necesitamos también reconocer qué emociones surgen en nosotros, en mí cuando cargo mi cruz, cómo reacciono, ¿vivo amargado?, ¿maldigo irreverentemente cada instante que me toca agarrar mi cruz y caminar hacia el trabajo sin desayuno y con las suelas rotas? Pongámosle nombre a eso que sentimos, mejor aún si al lado de cada cruz que escribimos, colocamos el sentimiento o emoción que nos genera. Y recordemos que “el problema no es lo que sentimos, sino lo que hacemos con lo que sentimos”.
Paso 3: Reconocer qué actitudes, comportamientos y pensamientos YO necesito cambiar
Ya reconocimos nuestras cruces como venezolanos –quizá un cuaderno no baste-, luego nos damos la oportunidad de ponerle nombre a esos sentimientos y emociones que no nos dejan ver la fotografía del futuro con matices de colores y no sólo llena de nubarrones, avanzar, sonreír, respirar con fluidez, y que nos hacen distanciarnos de nuestros vecinos y hermanos… Y ahora, para no quedarnos en la queja –justificada en muchas ocasiones-, el lamento continuo, la rabia que no me deja valorar a quienes aún siguen diciendo presente en medio de este caos, me permito reconocer qué necesito cambiar para que esta vorágine de maldad no me trague o me transforme en una venezolana incapaz de soñar y trabajar por esa otra Venezuela distinta a la que vivimos, qué pensamientos o actitudes ayudan a que acabe triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil, qué necesito cambiar para parecerme más a ese Jesús que lleno de amor brinda luz, guía y apoyo a otros. En Cuaresma, me susurra el padre William s.j. desde el cielo: “Necesitamos arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos”. Sin embargo, también me dice, que el camino es largo pero posible.
Paso 4: Buscar aliados para convertirnos en la versión más parecida posible a Jesús
Y aquí les presento al padre Pedro Trigo s.j., quien nos dice en su reciente artículo “Para que cobre cuerpo la ciudadanía”: “(…) nuestra vida nace de nosotros mismos, de nuestra entereza, de nuestra decisión de vencer el mal a fuerza de bien y de nuestras relaciones, tanto con Papá Dios, que es la fuente de la vida, como con nuestros familiares y vecinos”. Entran aquí un sinfín de posibilidades para seguir avanzando en nuestro camino de cuaresma y conversión: Si nos gusta rezar, recemos; si orar o hablar con ese ser supremo creador de todo nos brinda paz, ¿qué estamos esperando para hacerlo hábito en nuestro día a día?; si tomarme una tacita de “agua de café” con mis vecinos me fortalece el ánimo, ¡juntemos el café y el azúcar!; si sumarnos a algún grupo comunitario, de apoyo, ciudadanía, lectura, nos hace sentirnos parte del cambio, y de esa construcción colectiva de la nueva Venezuela, no nos neguemos ese pequeño obsequio que a la larga, nos permitirá fortalecer nuestra fe, nuestro ánimo, acercarnos a un camino más humano y fraterno, más parecido al que siempre hemos recorrido como venezolanos.
Paso 5: Reconocer nuestras luces como venezolanos
Si hemos llegado hasta aquí, seguramente durante los momentos de oración, de discernimiento, de encuentro con los otros, de revisión de nuestras sombras, ya hemos descubierto que hemos sido bendecidos con un abanico de dones y competencias que nos hacen únicos; si no, que le pregunten a nuestras madres o abuelos que sólo por bendición divina y creatividad logran llevar el sustento a las mesas de los hogares venezolanos, cuando una sola “harina Pan” cuesta el 45% del sueldo mínimo y un kilo de caraotas el restante 55%. Somos guerreros bendecidos por Dios con espacios, oportunidades y emprendimientos que surgen a través de la crisis y que nos brindan razones para seguir en esta tierra de gracia, que pronto resucitará como Jesús: llena de gloria y vida en abundancia.
Paso 6: Tracemos la ruta para perdonar y reconciliarnos
Y nuevamente nos encontramos ante una pared inmensa, altísima y difícil de escalar, pero sólo si estamos convencidos que superarla nos hará más felices y mejores profesionales, ciudadanos, católicos, evangélicos, budistas, padres, hijos, vecinos, trabajadores, lo lograremos. A lo largo de los años he aprendido que no sólo la Cuaresma sino la vida misma es un continuo perdonar y reconciliarnos con nosotros mismos, con el que piensa y actúa diferente a mí, con el que nos hace daño, pero también he aprendido que esto es un proceso que nace de la convicción interna de cómo quiero vivir, si avivando el odio, el rencor, transformándome en un ser que nadie soporta o quiere cerca, ¡ni yo misma!; o en alguien que vive la injusticia, se entristece, llora, se molesta –versión maracucha- pero que al final pasa la página, no por el otro, sino por ella misma, porque vivir sin arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos nos alejan de Jesús y de nuestros hermanos, nos entristece el alma, nos roba energía, nos envejece. Con papel y lápiz, escribamos qué pasos tenemos que dar para seguir la ruta del perdón que nos libera y la reconciliación que nos une en fraternidad y en fuerza, haciéndonos invencibles frente a tanta maldad. ¿Qué esperamos para ser parte de esta página de nuestra nueva historia?
Por Ingrid Lux González
Centro de formación e Investigación Padre Joaquín